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Todos los nombres de la ausencia

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(Un Cuento de Navidad)

 

Ando con prisa y no la tengo; me contagia el ir y venir de la gente de no sé qué alegría. Observo en sus caras, unas caras cualesquiera, el brillo de la luz ilusoria del alumbrado navideño. La calle rebosa: casi parece que no hay crisis. Casi. «Qué pena de fiestas, en qué se han convertido», me digo mientras voy camino de hacer lo mismo que critico: comprar.

Contemplo los escaparates. Llama mi atención uno que tiene a los Reyes Magos en su puerta. Una hilera de niños con su carta en la mano aguarda para entregársela. Reparo en sus ojos y descubro en su mirada la espera prodigiosa.

Continúo mi camino; compro lo necesario y mucho más. Me remuerde la conciencia. Me salpica agua, me vuelvo y descubro a una niña saltando un pequeño charco. La madre me pide disculpas y, después de recriminar a la pequeña, le pide que haga lo mismo. Sonrío agradecida. Recuerdo mi infancia, cuando los charcos eran algo muy corriente los días de lluvia y formaban parte de nuestros juegos. Recuerdo a mi abuela, a Galicia y al sol jugando al escondite. Mamá siempre se quejaba del nublado, y tú explicabas, con esa gracia tan tuya, que Galicia era el único lugar del mundo donde se podía mirar al astro rey de frente y a la cara. De tú a tú. No puedo seguir, necesito sentarme. Ni la calle, ni la gente, ni las tiendas me dicen nada.

Ahora estoy en un banco, y parece que todo se ha confabulado para que te añore, abuela. El asiento húmedo, el suelo mojado, el cielo gris, y al sol puedo buscarlo sin miedo a cegarme. Mi memoria recupera aquellos años de mi infancia en que dejábamos nuestra ciudad, mediterránea de claros contornos, para reunirnos con nuestra familia, extensa de hermanos y tíos. Y con los primos, anhelados compañeros de juegos. Pero ir a Galicia, abuela, era ir a ti. Principio y fin de todo.

Ya sabes que soy madre; al pequeño no llegaste a conocerlo. Yo les hablo mucho de ti, y, cuando tienen miedo por las noches, hago lo mismo que tú hacías conmigo. Aunque, a veces, me falla la paciencia. ¿Te acuerdas, abuela, de cuando te quedabas conmigo en la habitación hasta que me dormía? ¿Te acuerdas, abuela, de que mis padres decían que me malcriabas? ¿Te acuerdas, abuela, de que yo me quejaba de que parecía que papá y mamá nunca habían sido niños? ¿Te acuerdas, abuela, de esa sombra que me acechaba hasta que tú llegabas? ¿Te acuerdas, abuela, de que eras mi aliada en la noche, mi consuelo? ¿Será que ahora, sin yo quererlo, me parezco más a mis padres, mis hijos a mí cuando niña, mis padres a ti cuando abuela? ¿Y será que tendré que esperar a ser abuela para rescatar a la niña que fui? ¿Será eso?

A tu lado aprendí tantas cosas. La primera, a sentir: sin esto nada de lo que vino después tendría significado. También, a soñar. Contigo leí mi primer libro de hadas, y entre las dos las coloreábamos en el aire. Y a pensar.

Recuerdo cuando me leías El Principito, todavía puedo oír tu voz repitiendo esa cita que te gustaba tanto: «Carminiña, “solo con el corazón se puede ver bien: porque lo esencial es invisible a los ojos”». Abuela, nunca te dije que en mis momentos de soledad, y a escondidas, rasgaba el aire, arañaba el viento, intentando hallar el agujero invisible que creía morada de la esencia de las cosas.

Siempre que tenía miedo me razonabas que no temiera, que me protegían mis alas de paloma. «No las veo, abuela, ni las toco, ni las siento». «Las tienes, neniña –respondías–, solo que no podrás notarlas hasta que seas capaz de descubrirlas en los demás, en las personas que te rodean». Ay, abuela, yo te escuchaba como se escucha a un hada: encantada.

Miro el reloj. ¡Uf, qué tarde es! Debo irme a casa. Me he perdido en el pasado. ¿Recordar es otra forma de soñar? Estos días tan entrañables tienen el veneno de la ausencia y de su hija la nostalgia. Nostalgia, quién mejor que tú podía hablarme de ella. Cuando venías al Sur a visitarnos, decías que llevabas tu tierra dentro, y te reclamaba la vuelta; que extrañabas la puesta de sol encendiendo el océano. O la luz de Selene en las noches de plenilunio, iluminando cada gota de lluvia caída en la hierba, en los árboles, en las hojas. ¡Y cómo estaba yo de atenta! ¡Y hechizada!, imaginándome a una meiga corriendo tras los castaños centenarios, no fuera a señalarla algún rayo lunero. Qué capacidad tiene la infancia de convertir una pequeña historia en leyenda y una pequeña acción en epopeya.

Hija de la bruma y del agua, quiero apoyar mi cabeza en tu hombro. Aunque solo sea un momento, un segundo. Ay, abuela, siempre contabas que, cuando echamos en falta algo o a alguien, la nostalgia nos despierta temprano, nos acompaña toda la mañana, nos deja casi sin apetito para la comida. Con la siesta se torna en saudade (casi olía a especias de otros mundos al sonido de esta palabra) y, con la anochecida, en morriña.

Abuela, sé que lo tengo todo, una familia, hijos, y hasta un marido que me quiere; pero sigo buscando tu hueco, tu regazo para protegerme de la oscuridad. Ahora entiendo cuando afirmabas que la añoranza no tiene hora del día. Ocupa toda la existencia.

Ya es Navidad. También aprendí el origen de esta palabra a tu lado. Seguro que las monjas me lo explicaron igual, pero a ellas las he olvidado y a ti no. Recuerdo como mimabas cada detalle: todo significaba, todo importaba. Aquellos velones rojos de Adviento, que ibas alumbrando cada semana y que yo, contrariándote, me empeñaba en encender de golpe. Cómo te ponías a pensar en esa noche, entrañable y mágica, en la que nos reuniríamos todos, hijos y nietos, en tu mesa, a tu lado. Y pasabas las horas y los días preparando en la lareira el menú especial.

Han pasado los años y ahora soy yo la que prepara la cena de Nochebuena para la familia. Papá y mamá ya están mayores y no tienen tu fortaleza, especialmente mamá. Los reúno a todos, como tú querrías. Si vieras, abuela, cómo sigo tu ejemplo. ¡¿Quién me lo iba a decir?!

¿Te acuerdas de esos años tontos en los que renegué de todo y de todos? ¡Hasta de ti, abuela! Eso es lo que más me duele. ¿Sabes?, mi hijo, el mayor, está tan contestatario como lo era yo; casi nos tira el Belén y el árbol por la ventana y nos ha llamado «panda de beatos y de consumistas». Ya se le pasará…

Aquí estoy: llevo días preparándolo todo. Lo he hecho con el mismo mimo que lo hacías tú. ¿Sabes el menú?: «Bacalao con coliflor». Mantener nuestras tradiciones nos acerca a lo que ya hemos perdido. Huele a ti, abuela, toda la casa está impregnada de ti. Y tus palabras me suenan con una claridad celestial: «Recuerda siempre, miña neniña, que las fiestas de Navidad son las únicas que aúnan pompa y recogimiento». ¡Qué sabia eras, abuela!

Ya está todo listo. Me gusta pensar que te sentirías orgullosa de mí si lo vieras: la chimenea ardiendo, la mesa engalanada; a la derecha, el Belén, hecho de aliento; al fondo, el abeto, verde de luces. Y yo, en la ventana, esperando. No sé si te he dicho que vivo en el interior y nieva. Veo como caen los copos blancos, veo una noche cerrada y metálica. Veo el frío. Sin embargo, yo, tras el cristal, siento el calor de la dulce espera, del convencimiento de que en breve estarán todos aquí dispuestos a cenar. Hasta tu bisnieto, el rebelde.

Sigo en la ventana. La gélida noche exterior se atenúa con el reflejo vivo del fuego que prende el tronco del hogar. A lo lejos parece que hay gente. Se dirigen hacia aquí. Son ellos, seguro que son ellos: mi familia. A pesar de que el cristal está empañado, puedo reconocerlos. Portan algo en sus espaldas… Te veo también a ti, reflejada, y con tu guiño de complicidad me señalas la mía. Llevo mis manos hacia atrás, y las toco y las siento. Sí, abuela, ahora…

Ahora puedo ver mis alas de paloma.

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El tiempo recobrado




IMG_6600Hoy recibo el correo de un amigo que acaba con un afectuoso «Carpe diem». Acaso yo no sé disfrutar, me digo, de este momento escurridizo y fugaz. ¿Se me escapará la vida sin haberla saboreado intensamente? «Vivir el presente» es la máxima que oímos por doquier, y con la que hemos crecido todos los de mi generación. Y con mayor fuerza (¿y presión?) nuestros jóvenes. Sin embargo, qué difícil es atrapar ese segundo. A mí siempre se me escapa. Tempus fugit. ¿Y qué es el tiempo? San Agustín decía: «Si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé». Leer Más