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El azulejo mágico

                                                                                           

«La memoria es la loca de la casa. ¿O de la cabeza? Siempre cambiando las cosas de sitio. Da igual que sean recuerdos o muebles, todo aparece fuera de tiempo y de lugar. Y nosotros, descolocados y perdidos». Esto iba pensando Olvido mientras intentaba encontrar el escondite donde guarda sus pequeños tesoros.

La noche había sido agitada, tenebrosa, insomne. De las que solo quieres huir. Por las mañanas  despertaba jurándose a sí misma que no volvería a dormir en esa cama, ni en esa habitación, ni en esa casa. Tampoco, sola. Sin embargo, una vez sumergida en los quehaceres diarios, se le olvidaba su promesa matinal. Y, así, día tras día, o lo que es peor, noche tras noche.

Cae la tarde, las hojas. El crepúsculo despliega sus misterios y la oscuridad entra sin remedio. La vida se recoge y Olvido con ella. Retorna a casa y, después de desnudarse parsimoniosamente, se pone el camisón de seda y blonda; le ayuda a sentirse hermosa y atractiva. Su madre solía decirle que había que ir más limpia y más guapa por dentro que por fuera: «Hija, nunca sabes qué puede pasar». Y Olvido jamás perdió la esperanza de tener más compañía que la de su gato. Ya acostada, apaga la lámpara de la mesilla. Comienza a dar vueltas buscando la postura adecuada para dormir. Poco a poco va cediendo al cansancio; su cuerpo se relaja y acurrucadita se deja llevar por Hipno. Sin saber por qué, abre los ojos, algo ha oído e intenta distinguirlo. Busca a Gatito, pero no lo ve, ni lo oye. «¡Bien! —exclama—, si ocurriera algo ya estaría a mis pies maullando sin parar». Continúa durmiendo. Apenas transcurren unos minutos y el mismo ruido. Mira en derredor, y no ve nada. La habitación se llena de sombras y las paredes pierden su rigidez: se hinchan y encogen; respiran y gimen. Siente miedo, como cuando era pequeña: «Mamá, déjame la luz encendida». La busca, sus manos tientan el interruptor y enciende. Observa bien todo lo que la rodea. Nada. Duda si la apaga… No quiere hacerlo; pero, de nuevo,  la voz de su madre recriminándola: «No seas cría y apaga la lámpara. Los fantasmas no existen, ni los monstruos». «¡Maldita cabeza! Por qué me trae sus palabras si yo hoy, como ayer, quiero dejarla encendida». Sin embargo, es más fuerte el poder de la madre muerta que el de ella misma. Desenchufa. Vuelve a intentar dormir, aunque sus sentidos la mantienen en alerta. Se resiste al sueño hasta que lo único que escucha es el latido de su corazón, que comienza a pesarle.

Otra vez, de repente, de golpe, sin saber el motivo, se despierta. Más asustada que nunca siente jadear a las paredes, materializarse las sombras, convertirse el aire en repulsivo aliento. Los ruidos pasan a sonidos; de sonidos, a palabras; de palabras, a voces que susurran en lenguas desconocidas. Piensa en su gato: «¿Dónde estará?»; en su madre: «¡Mamá!». Y en la noche…

Amenazante. Amenazante. Amenazante.

Quiere incorporarse, y no puede; gritar socorro, y no puede; abrir los ojos, y no puede. Algo cae sobre Olvido: no tiene cuerpo y pesa, no es humana y le habla, no tiene brazos y la agarra para que no se defienda. Batalla perdida la que desconoce al enemigo. El resuello de Olvido cada vez más agitado y oprimido; pero, a pesar de esto, saca fuerzas para quitar de su cabeza lo que tira de ella sin piedad… Cuando se creía muerta, comienzan a entrar por las rendijas de la persiana finas hebras de luz que van deshaciendo las tinieblas a su paso. Al alba, la habitación recupera su forma y se reinterpreta al mismo tiempo que la respiración de Olvido va aflojándose, abriéndose a la vida.

La casa vuelve a ser la que era: alegre, acogedora, familiar. Relajada y tranquila comienza a prepararse para el nuevo día. Hoy tiene una cita importante y necesita estar fresca como una rosa, por lo que debe maquillarse si quiere disimular las ojeras con las que se levanta todas las mañanas. Duchada y arreglada, solo le falta el perfume y las joyas de mamá. Pero no da con el escondite que ella ideó para protegerlas. Desesperada, decide peinarse, a ver si se relaja y recuerda dónde las dejó. Antes de comenzar se contempla con detenimiento en el espejo: repasa el cuello de la camisa, las bolsas disimuladas, el carmín de los labios. Después, coge el peine y empieza a peinarse mientras observa el alicatado azul del baño. Algo tropieza con él y busca el cepillo para ser más suave. Nada. Entonces, con las manos palpa su zona occipital para comprobar qué tiene e, inopinadamente, le cae un mechón de cabello. Lo coge y lo escudriña extrañada, disgustada. «¿Cómo es posible?», se pregunta. Busca el azulejo mágico, el de las joyas de mamá, el del último cascabel del pobre Gatito, para guardar también la prueba de que los fantasmas existen, y los monstruos. Necesita enseñársela a madre; ella siempre le repetía que «hay que tener la sesera bien amueblada». Pero no lo encuentra. Y es que «la memoria es la loca de la casa. ¿O de la cabeza? Siempre cambiando las cosas de sitio. Da igual que sean recuerdos o muebles, todo aparece fuera de tiempo y de lugar. Y nosotros, descolocados y perdidos…».

 

 

 

                                                   

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Malvarrosas


A veces la vida es demasiado hermosa para perder el tiempo explicándola. Solo queremos formar parte de ella en silencio, casi sin saberlo. A veces, solo estar nos convierte en seres, en sentido.

A veces, solo estar es suficiente.

En primavera… o en verano, los jardines olvidados y polvorientos renacen y nos gritan su belleza. Nuestros ojos, verdes, azules, malvas, rojos, grises, amarillos… y blancos, pasearán, bien abiertos, dejándose llevar por la hermosura, que no necesita más demostración que su presencia.

La mujer de rosa pasea por el jardín, con una sombrilla del color de los rayos de sol que pretende parar. ¿Será Preciosa su nombre? Y si no lo es, yo se lo otorgo. Observo su paso quieto, leve; enmarcado por la hilera de guirnaldas de malvarrosas, absortas en su verticalidad, ignoran si van o vienen del cielo. El contorno rotundo de Preciosa esconde ofrendas redondas, y convierte la tierra en paraíso. La luz busca huecos por donde colarse, descubriendo espacios que ni sospechábamos que existieran. Quién pudiera traspasar ese lienzo rutilante, y ser una pincelada más entre los pétalos de manchas delicadas. Y susurrar a Preciosa promesas azules. Y tomar su mano. Y sentir cómo, de su piel, brotan aromas lejanos.

A veces, parece que el tiempo se detiene. La belleza es demasiado importante para poder caminar con ella a cuestas. A veces ocurre que solo contemplar es suficiente.

A veces, solo a veces…

Pero, siempre, serán estos los momentos que ocupen nuestro rincón de los recuerdos y por ellos pasará la memoria como la luz entre las hojas.

 

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“Malvarrosas”, de Friedrick Carl Frieseke. © Imagen: Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el Museo Thyssen-Bornemisza

“Malvarrosas”, de Friedrick Carl Frieseke.
© Imagen: Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el Museo Thyssen-Bornemisza