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La plaza de las palomitas

 

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Ha pasado tanto tiempo y sigues en el mismo lugar que, milagrosamente, apenas ha cambiado. Como si estuvieras esperándome, como si me echaras de menos. Quizás por esto he querido volver. Y lo hago temprano, cuando la ciudad aún duerme y, somnolientas, parpadean las persianas buscando los primeros rayos.

Sé que ellas nos observan; intuyo su presencia, aunque todavía no hayan desplegado las alas. Oigo su zureo y con su arrullo vuelvo a ser la niña que era:

—Mamá, papá, a la plaza de las palomitas.

Nos arreglábamos con la ropa reservada para ese día. Qué guapa estaba mamá con su vestido de domingo. Y papá y mis hermanos y yo. Ya no hay festivos como los de entonces. Salíamos, íbamos a misa de once y después, paseando, a tu cita. Yo no paraba de insistir:

—Mamá, papá, a la plaza de las palomitas, a jugar con ellas.

Ha pasado tanto tiempo y tantas cosas… Cuentan que has sufrido mucho, que hubo unos años que gentes de mal vivir te tomaron por suya. Insensibles al llanto de tu fuente, incapaces de escuchar a las aves. Tampoco al latido agónico de tus ficus centenarios, convertidos, sin querer, en cómplices de los amores de pago.

 

Tranquila, ya pasó. Los pájaros planean su hermosura, sus cantos reemplazan antiguas reyertas y acompañan los juegos de otros niños. Ahora hay días que cobijas a pintores; otros, a amantes del baile que acarician tu cara con pasos de tango o pasodoble. También, terrazas bulliciosas que aprovechan tu belleza para atraer clientes a sus mesas. Dicen que todos los que crecieron contigo te frecuentan. A veces pienso que nuestra existencia es como una gran plaza redonda, no importa las vueltas que demos y lo lejos que vayamos, siempre volvemos al mismo punto de partida. En tu banco, sentada y protegida por la frondosa vegetación, contemplo como le cae a cántaros la música líquida a la aguadora. Las palomas, esquivas y juguetonas, le plantan cara a los pequeños.  Y yo siento la vida al vuelo.

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Del verano y otras cosas

                                           feliz-verano

Ya está aquí el verano, y pisando fuerte. ¡Vaya calores que ha traído! Como si Faetón nos sobrevolara bajito, bajito. Que los dioses escuchen nuestras súplicas y aires frescos se lo lleven.

Viajar parece la salida natural del verano; ansiamos unas merecidas vacaciones. Creemos que escaparnos de nuestro espacio cotidiano y sus rutinas nos ayudará a olvidarnos de los problemas. Pero no es tan fácil… Como los quebraderos de cabeza no ocupan lugar, sin notarlo se cuelan en las maletas y nos amargan el viaje.

No es mi intención convencer a nadie de que no es necesario trotar por el mundo, conocer otros países y a otras gentes para airearse y relajarse. Y para ser felices. Entre otras cosas, porque negar sus evidentes bondades y beneficios sería estúpido. Solo que los indecisos, los que todavía no sabemos qué haremos, nos mareamos entre los vaivenes del pensamiento. Seguro que algunos ya las están planeando con decisión; otros, disfrutándolas.

Disfrutar, palabra que recuerda a fruta: «dis- fruto», «dis-fruta». Y digo yo: ¿No es una delicia comerlas? ¿Y qué me dicen de las frutas del verano?: cerezas, melón, sandía, peras, higos, melocotones…

Verano, vacaciones, viajar, olvido, problemas, disfrutar, frutas. Y melocotones. Si he comenzado hablando de las altas temperaturas de este verano, pensarán que qué hago ahora mencionando  estas frutas. Comprendo su posible perplejidad; pero enseguida entenderán el porqué de esta asociación disparatada, aunque solo en apariencia. Gracias a estas pelotitas sonrojadas, me he embarcado en otro viaje: el interior.

melocotonSí, ya sé que para muchos no son las frutas más románticas. Sin embargo, siempre que vuelvo a los veranos de mi infancia, los recuerdo. También dicen que no tienen la belleza de las cerezas, con las que jugábamos a colgarlas de nuestras orejas. Tampoco poseen la fresca voluptuosidad de la sandía o de la fresa. Pero yo tengo grabado el impacto que me producía su olor, su tacto, su sabor. Esas bolitas de carne aterciopelada eran una de mis pequeñas gozadas en aquellos días. Asocio tantas cosas a ellos…, como, por ejemplo, cuando oía a mi tía decir: «¡Estos melocotones ya no saben como antes!». Curiosamente, ahora soy yo la que exclama al comerlos: «¡Ya no son los de entonces!». Y qué me cuentan de su sonido. Es una joya de ejemplo para comprobar la evolución fonética de un niño: ton, potón, cotón, potones, cotones, motones, mocotón, mocotones… Hasta llegar al ansiado «melocotón» y su plural, es toda una carrera de obstáculos que hay que ir superando uno a uno. Yo ahora entiendo por qué cuando pedía esta fruta se partían de risa los mayores. ¿Hay algo más tierno que escuchar a un pequeño pedir un potón o un mocotón? ¡Para comérselo!

Otro recuerdo de los veranos de mi niñez es un olor que se encontraba escondido en la esquina del jardín en el que solía jugar y yo me acercaba a aquella zona recoleta guiada por mi olfato atávico sin reconocer a su portador; después, identifiqué las florecillas que liberaban sus fragancias al aire; y, finalmente, aprendí su nombre: jazmín.El-jazmín-del-país-05

¿Y por qué cuento todo esto? La verdad es que no lo sé. Yo empecé hablando del verano, del calor, de las vacaciones, de los viajes… Y de problemas. Bueno, ahora, a saborear los días de libertad que nos da el verano. Por supuesto, a mandar también de vacaciones nuestras preocupaciones y ojo con ellas, porque con eso de que no necesitan espacio ni billete, en cuanto nos descuidemos las tendremos al lado. ¡Son unas ordinarias! Siempre igual, a ver si nos dejan escapar de la rutina y experimentar algo maravilloso y ¡extraordinario!

A disfrutar del presente como nunca, porque, afortunadamente, hoy como ayer, todavía podemos comer melocotones al mismo tiempo que nos envuelve un aura de jazmines.

¿Pero yo no hablaba de verano, calor, vacaciones, viajar, olvido…?

                                                                     ¡Feliz verano 2015!

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