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La niña de sus ojos

                                                

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Nadie se explica cómo María pudo hacer aquello. También es verdad que en los pueblos pequeños, donde nunca pasa nada, no es extraña esa costumbre; incluso hasta dejan la puerta abierta. ¿Pero María? ¡Qué raro! Siempre que hablaba de su hija la llamaba «la niña de sus ojos», y como tal la cuidaba: con un celo casi obsesivo.

Dejó a Martita durmiendo antes de irse con toda la familia a las fiestas del Patrón. Su hija era una niña delicada y enfermiza que salía adelante gracias a los esmeros de su madre. Acababa de superar otra bronquitis, por lo que no era aconsejable sacarla más allá del mediodía, aunque fuera para ver al mismísimo Dios.

Entre todos, marido y demás familia, la convencimos de que necesitaba airearse y de que estaría de vuelta antes de que la niña despertara. Y la noche era tan tranquila, tan dulce, tan tentadora… que salió. No solo a ver al Santo, sino también, si se terciaba, a dar gusto a su hombre con algún pasodoble en la verbena.

El paso de San Andrés, portado a hombros por devotos lugareños, estaba frente a ella, y vio en los ojos del Apóstol una llamada, una advertencia, un aviso. María huyó como alma que persigue el diablo, y retornó al hogar. Yo salí tras ella.

Ha llegado, ya está en casa. Entra despavorida, sube las escaleras con la rapidez de un atleta, y antes de entrar en la habitación se detiene, respira hondo, intenta calmarse y se recompone. No debe asustar a su hija. Yo sigo detrás de ella, esperando, y, cuando veo que abre la puerta, también entro.

Corre enloquecida hacia la cama. La abre, levanta las sábanas, la colcha, la almohada. No está Marta. Grita, clama su nombre; parece una loba herida. Después, inopinadamente, cesa. «¿Y si está debajo de la cama?», parece pensar, y se agacha a examinar qué hay, pero tampoco la encuentra ahí.

María vuelve a mirar en derredor: todo está igual. Sobre la mesilla sigue, incólume, el libro de cuentos que le lee todas las noches; los zapatos en su sitio y las zapatillas también. Abre el armario y no echa nada en falta; observa el suelo y lo recorre esperando hallar una pista de los últimos momentos de su hija y no aparece vestigio alguno, hasta que llega a la puerta de doble hoja que da al balcón. Está entreabierta y el viento hace bailar, misteriosamente, las blancas cortinas. Allí localiza su peluche preferido. María se desasosiega. Juraría que lo dejó a su ladito, en la cama, como todas las noches. Arrobada por el olor a Martita, lo coge, lo abraza, lo estrecha contra su pecho. La invade un pálpito que le dice que corra las cortinas, que abra las puertas, que salga a la terraza, que… Y lo hace. Y yo tras ella.

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Se apoya en la barandilla, se asoma. No puedo ver lo que está contemplando. Solo oigo salir de sus entrañas un quejido que recorre, como un rayo fúnebre, todo el pueblo; y su eco salta de casa en casa, colgando una guirnalda de ayes en cada ventana, en cada balcón. Siento que debo ir: me necesita. La abrazo, observo su cara, sus ojos, sus pupilas, azabaches convertidos en el espejo del horror, en el reflejo de una muñeca rota, de Martita, su pequeña: «la niña de sus ojos».

Finalista en CONCURSO DE RELATO BREVE – CASA DEL LIBRO Y EDICIONES TAGUS 2015

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La niña de sus ojos (c) Carmen Pitacopyright