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Malvarrosas


A veces la vida es demasiado hermosa para perder el tiempo explicándola. Solo queremos formar parte de ella en silencio, casi sin saberlo. A veces, solo estar nos convierte en seres, en sentido.

A veces, solo estar es suficiente.

En primavera… o en verano, los jardines olvidados y polvorientos renacen y nos gritan su belleza. Nuestros ojos, verdes, azules, malvas, rojos, grises, amarillos… y blancos, pasearán, bien abiertos, dejándose llevar por la hermosura, que no necesita más demostración que su presencia.

La mujer de rosa pasea por el jardín, con una sombrilla del color de los rayos de sol que pretende parar. ¿Será Preciosa su nombre? Y si no lo es, yo se lo otorgo. Observo su paso quieto, leve; enmarcado por la hilera de guirnaldas de malvarrosas, absortas en su verticalidad, ignoran si van o vienen del cielo. El contorno rotundo de Preciosa esconde ofrendas redondas, y convierte la tierra en paraíso. La luz busca huecos por donde colarse, descubriendo espacios que ni sospechábamos que existieran. Quién pudiera traspasar ese lienzo rutilante, y ser una pincelada más entre los pétalos de manchas delicadas. Y susurrar a Preciosa promesas azules. Y tomar su mano. Y sentir cómo, de su piel, brotan aromas lejanos.

A veces, parece que el tiempo se detiene. La belleza es demasiado importante para poder caminar con ella a cuestas. A veces ocurre que solo contemplar es suficiente.

A veces, solo a veces…

Pero, siempre, serán estos los momentos que ocupen nuestro rincón de los recuerdos y por ellos pasará la memoria como la luz entre las hojas.

 

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“Malvarrosas”, de Friedrick Carl Frieseke. © Imagen: Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el Museo Thyssen-Bornemisza

“Malvarrosas”, de Friedrick Carl Frieseke.
© Imagen: Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el Museo Thyssen-Bornemisza