Tu vestido es azul (recordando a Bécquer)

Madrid, 12 de abril de 1856

Señora mía:


Convencido de que solo conociendo mis verdaderas intenciones y sinceros sentimientos perdonará mi osadía, me atrevo a escribirle estas letras.
Desde que la vi por primera vez en el estudio del maestro Madrazo, no pienso en otra cosa que no sea encontrarla de nuevo. Ante los infructuosos intentos por conocerla, decidí llegar a usted cómo fuera. Necesitaba conocer al ángel del que hablaba todo Madrid. Nadie sabía de mis pesares, todos creían que iba tras otro imposible. Ignoran que he encontrado la encarnación de mi sueño. Amalia, perdóneme mi atrevimiento y que la llame por su nombre y tutee, tú no eres como las demás.
Ansiaba verte; necesitaba contarte tantas cosas, sin embargo, el destino se resistía a presentarnos. Desesperado, pedí a mi tío Joaquín una carta de recomendación para presentar mis respetos a don Federico. Llegó a mis oídos que iba a celebrar una pequeña fiesta en su casa a la que asistiría un reducido grupo de amigos, entre los que se encontraban los condes de Vilches. Se decía que, seguramente, tú cantarías en honor del anfitrión. Amalia, presentía que escuchar tu voz sería como estar flotando en olas de armonías, rumor de besos y batir de alas. No podía perdérmelo. Pensé que con la carta de mi tío no se me negaría la entrada. Al fin y al cabo, provengo de una familia de pintores y yo lo sería si la poesía no se hubiera interpuesto. Soy poeta, Amalia, sí, poeta. No puedes ignorarme. Dame la oportunidad de recitarte mis versos y no te decepcionaré. Tu salón merece mi presencia y yo necesito la tuya.
A mi tío Joaquín no pareció extrañarle mi interés en conocer a don Federico. Me preguntó si me acompañaría Valeriano, «no sé tío, anda muy ocupado últimamente», le contesté. Mi obsesión me llevó a urdir esa pequeña treta para lograr conocerte.
Debía darme prisa si quería escucharte. Entrar en el momento de mayor afluencia de invitados evitaría que pusieran remilgos a mi carta y me dejarían pasar. Acabé de revisar mi atuendo: anudé bien la corbata de seda, coloqué el cuello de terciopelo negro de la levita, cogí el sombrero, los guantes y me dirigí a mi cita con el destino.
Me adentré por los jardines del Prado. Los árboles arrebolados anunciaban el inminente recogimiento del día. El bullicio intermitente de las fuentes se mezclaba con el ruido seco de los carruajes. Vislumbré el cruce de la calle de la Greda, seguro de que tocaría a la puerta antes de que se cerrara la noche.
Pronto se iluminarían los salones de las gentes come il faut para celebrar sus teatros caseros, sus veladas musicales, sus tertulias literarias. Justo delante del número 24, pararon dos carruajes. El cochero ayuda a bajar a sus elegantes ocupantes. La redonda crinolina de las damas chocaba con el estirado bastón de los caballeros. Los observaba desde la cera de enfrente. Aproveché, cuando el último se dispuso a entrar, para ir tras ellos. El mayordomo mantuvo la puerta abierta mientras son recibidos por un caballero que debía de ser don Federico. Comencé a dudar, no me atrevía a presentarme. De repente, mi plan me pareció descabellado: «¡Cómo no he caído antes en que una fiesta privada no es el mejor momento de presentarme! Me hará volver mañana u otro día más conveniente». Sentí un sudor frío por todo mi cuerpo. «Debo irme», me dije, pero en ese preciso instante se abrió otra puerta, la de servicio, por la que unos criados introducían presurosos unos paquetes. Permanecía entreabierta y yo, sin dudarlo, me colé. Entré en la cocina. Escondido en la despensa, oía un constante trasiego de criados y bandejas. Y al fondo comienza a sonar una melodía que parecía de otro mundo. Sentí, sin equivocarme, que debías ser tú quien cantaba. Intenté contenerme para no correr en tu búsqueda y ser descubierto. Aguardé a que no hubiera ningún sirviente cerca antes de abandonar mi escondite y buscar donde admirarte. Cuando ya no se oía a nadie, aproveché para salir. Con cuidado recorrí los pasillos solitarios, todos estaban en el salón escuchándote. Todavía oigo retumbar los aplausos y bravos enardecidos. Agazapado detrás de unos cortinajes de damasco rojo sigo oyendo al público enfervorizado. Distingo muchas voces, aunque no reconozco ninguna. Todos alaban la interpretación de la condesa. Pero «¿dónde se encuentra Amalia?», me preguntaba.
Recuerdo cómo vuelvo a dudar de mí mismo, las piernas apenas me sostienen, el corazón no late, galopa. Y ya no sé qué hacer. Me veo ridículo y trasnochado. Me marcho. ¿Ahora? Después de todo lo que he pasado. No, ya no puedo rendirme, debo quedarme hasta el final…
Corro con suavidad un lado de la cortina, solo para que mis ojos puedan atisbar algo. Observo gente sentada a ambos lados de la sala hablando; algunos permanecen de pie y alzan sus copas mientras ríen. Sigo recorriendo con la mirada toda la estancia hasta que del salón en el ángulo oscuro te descubro olvidada de todos. Mi locura ha merecido la pena. En un sillón de terciopelo estampado descansas de tu actuación y diría que también de la etiqueta, pues pareces más tendida que sentada. Amalia, nunca imaginé contemplar una belleza como la tuya. Tu mirada melancólica rezuma vida. ¿Me miras? ¡Ay! Por una mirada un mundo… Y yo no puedo dejar de admirar tu piel blanca, tus hombros desnudos. Hundes la mano en tu cara. Quizás estás pensando de quién serán esos ojos que no dejan de observarte. Amalia, reconozco tu vestido de seda, redondo como la promesa que guardas. Tu vestido es azul, del color de los ángeles y, aunque tu pupila no lo es, en su fondo rutilante brilla una estrella en el cielo de la noche

De lo que vino después y de cómo fui echado no hace falta que te explique nada, tú misma lo presenciaste y anda de boca en boca por la capital. Solo me arrepiento de la inquietud y zozobra que pude causarte y solo por ello pido disculpas. Cuando me preguntan por qué lo hice, les respondo:

                                       Ella tiene la luz, tiene el perfume,

                                                El color y la línea,

                                       La forma, engendradora de deseos,

                                       La expresión, fuente eterna de poesía.
                                                                                    
                                                                             Gustavo Adolfo Bécquer
Madrazo Y Kuntz, Federico de. Museo del Prado, Madrid, España.

NOTA: Adjunto con gran agradecimiento las palabras que dedica a mi relato el escritor Jerónimo Alayón.

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