La ventana deseada

 

Cuando escribí, el 21 de marzo, la primera entrada sobre la pandemia en España, teníamos 24,9266 infectados diagnosticados; en UCI, 1612; muertos, 1326; recuperados: 2.125. Hoy domingo, 26 de abril, 207.634 casos de coronavirus diagnosticados por PCR y 23.190 muertos. No hay palabras. Ni consuelo.

Continuamos confinados. Sigue siendo desolador salir a comprar por calles vacías, dirigirnos a nuestro destino temerosos de encontrar a los otros. Qué será del adjetivo «cercano» si ya no puede acompañar a persona alguna. Este virus ha puesto del revés nuestra vida: lo cercano se ha convertido en una amenaza y lo alejado en lo conveniente. Qué será de nosotros en este mundo que, por miedo al contagio, se ha deshumanizado para que la humanidad sobreviva.

Seguimos una reclusión obligada, sórdida y cómoda. Ya tenía miedo de que empezarán a escasear los alimentos y medicinas. Comenzaba a cansarme de los aplausos y cazueladas; a temer que esta cárcel con aperitivo incluido tocará a su fin de la peor manera posible. Parece que no, ya veremos… Hoy los niños¹ hasta 14 años han salido por primera vez y, si todo sale bien, el dos de mayo podremos salir los mayores a pasear y a hacer deportes. No perdamos la esperanza, y que la desescalada se desarrolle bien. Sin repuntes. Ojalá pronto volvamos a la normalidad, aunque me inquieta oír al presidente hablar de «nueva normalidad». Quiero recuperar mi vida, la de antes, y rodearme de gente cercana. Sin miedo.

Leo: «La búsqueda de vivienda con balcón, terraza y jardín se ha disparado con el coronavirus». Con frecuencia pienso que no tengo derecho a quejarme, que tengo una casa amplia por la que caminar, una habitación con vistas, una terraza donde tomar el aire. He descubierto a mis vecinos y mirarlos o que me miren ya no lo veo como un acto de intromisión intolerable, sino una nueva forma de relacionarnos. Incluso nos saludamos, aunque no sepa sus nombres.

A propósito de vecinos, hace unos días, en una sesión de cine en familia, vimos una película de Hitchcock: La ventana indiscreta, de 1954. No descubro nada nuevo si digo que es una obra maestra, pero estoy convencida de que ahora os identificaréis plenamente con Jeff (James Stewart), un fotógrafo aventurero, que se ve obligado a permanecer en casa, porque una fractura en su pierna le obliga a estar en silla de ruedas. Lo que podría parecer como un impedimento para desarrollar una vida plena, se convierte en una oportunidad única para descubrir un asesinato; el amor de Lisa, su novia (Grace Kelly); la sabiduría popular de su enfermera Stella (Thelma Ritter); la amistad y profesionalidad del detective Doyle (Wendell Corey). Y todo un abanico de microcosmos con sus variopintos habitantes en cada ventana del patio de vecinos del edificio en el que vive.

No quiero destripar más la película y romper la magia que supo darle como nadie Hitchcock a esta historia basada en una novela del mismo título de Cornell Woolrich.

No dejéis de verla, aún tenéis tiempo. Además, la disfrutaréis con otra mirada, con la de aquel que en su ventana encuentra alivio a sus limitaciones y la vive con amplitud de miras.

La ventana indiscreta. Trailer.

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