trafico-coches-retenciones-080514Hubiera sido un día más, de los que acaban siendo invisibles a nuestra memoria, si no fuera porque aquella mañana el tiempo me mordía los talones.

Salí tarde del trabajo, imprevistos de última hora me habían retrasado más de la cuenta y solo pensaba en recoger a mi hija de la guardería. Recuerdo que fui presurosa a por el coche. ¡Dios!, parece que lo estoy viviendo ahora mismo. Me veo abriendo el bolso, revuelvo en los enredos del fondo hasta que doy con las llaves. Abro, entro, me siento, quito el freno de mano y en marcha. La circulación me molesta, deseo que desaparezcan los automóviles, semáforos y, por supuesto, los peatones. Qué hacen cruzando, interponiéndose en mi camino. ¡Fuera!, tengo prisa y quiero ir a mi aire, sin nadie que me perturbe. Por fin, llego al colegio, y diviso un aparcamiento, “mío”, me digo; sin embargo, un coche blanco se adelanta. Cómo es posible, y me ha visto, seguro, claro que me ha visto; un coche rojo no pasa desapercibido y ya estaba maniobrando para entrar. Qué poca vergüenza tiene detrás de esa cara de gran señor. Le increpo y le afeo la conducta, no faltaba más. Se vuelve hacia mí con cara de no entender nada; poco después, parece que repara en su error y me hace un gesto de disculpas. Encima cínico. Decido irme a buscar otro lugar, no sin antes despedirme a gusto con la retahíla de improperios que tengo para estas ocasiones. Localizo una plaza nada más doblar la manzana. Bajo rápida. No quiero ver a la directora esperando con mi niña en la puerta.

Clara y yo en Córdoba Y así la encuentro, una vez más, con mi hija de su mano aguardándome en la entrada. Le vuelvo a decir lo de siempre… y que no volverá a ocurrir. Afortunadamente, Claudia me saca del apuro echándose a mis brazos y, mientras me colma de besos, descubro en sus ojos el latido que nos une con más fuerza que el cordón umbilical. Por esos misterios de la vida (¿o por ser humana?), paso de ser una fiera posesa a convertirme en la más dulce y apacible mariposa.
Luego nos dirigimos al coche, Claudia va cogida con fuerza a mi cuello. Necesito sacar las llaves, con ella en brazos no es una tarea fácil; introduzco la mano en ese fondo insondable que es el bolso de una mujer y pierdo el equilibrio. Nos caemos las dos al suelo; por fortuna, la nena cae encima de mí, no quiero pensar si se llega a dar con el bordillo de la acera. Está llorando, y yo, tullida, observo como ruedan sobre el asfalto todas mis pertenencias, llaves incluidas. Al mismo tiempo que intento calmarla, pienso en la manera de levantarnos; Claudia se aferra tanto a mí que no puedo moverme, por lo que procuro convencerla de que se suelte un momentito, pero lo único que consigo es que me aprisione aún más. Comienzo a desmoronarme y, cuando estoy a punto de romper a llorar, oigo: “¿Me permite ayudarla? Tome mis manos, agárrese a mí con fuerza y podrá levantarse”. Respiro aliviada, menos mal, nos han visto y han venido a salvarnos. Recupero el equilibrio y ya de pie, con mi pequeña en brazos, alzo la mirada para agradecer al desconocido su ayuda, y, estupefacta, identifico al hombre con el que, apenas media hora antes, había tenido un altercado. Aunque ahora soy una sonrojada corderita que no cesa de darle las gracias, él me ha reconocido; resta importancia a su comportamiento —¡dice que me lo debía!— , y, después de asegurarse de que estamos bien, se despide. También tiene prisa, comenta.

Yo, paralizada, contemplo su paso seguro y satisfecho; parece que la calle y la gente le hacen hueco al pasar, dejando una estela de luz que agranda su figura a mis ojos, casi tanto como aumenta mi vergüenza.

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Escrito por Carmen Pita

2 Comentarios

  1. Un relato fantástico, me gusta mucho el estilo que has elegido para narrarlo, enhorabuena.

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    1. Muchas gracias, David, me encanta que te guste.

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