Mes: julio 2015

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Del verano y otras cosas

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Ya está aquí el verano, y pisando fuerte. ¡Vaya calores que ha traído! Como si Faetón nos sobrevolara bajito, bajito. Que los dioses escuchen nuestras súplicas y aires frescos se lo lleven.

Viajar parece la salida natural del verano; ansiamos unas merecidas vacaciones. Creemos que escaparnos de nuestro espacio cotidiano y sus rutinas nos ayudará a olvidarnos de los problemas. Pero no es tan fácil… Como los quebraderos de cabeza no ocupan lugar, sin notarlo se cuelan en las maletas y nos amargan el viaje.

No es mi intención convencer a nadie de que no es necesario trotar por el mundo, conocer otros países y a otras gentes para airearse y relajarse. Y para ser felices. Entre otras cosas, porque negar sus evidentes bondades y beneficios sería estúpido. Solo que los indecisos, los que todavía no sabemos qué haremos, nos mareamos entre los vaivenes del pensamiento. Seguro que algunos ya las están planeando con decisión; otros, disfrutándolas.

Disfrutar, palabra que recuerda a fruta: «dis- fruto», «dis-fruta». Y digo yo: ¿No es una delicia comerlas? ¿Y qué me dicen de las frutas del verano?: cerezas, melón, sandía, peras, higos, melocotones…

Verano, vacaciones, viajar, olvido, problemas, disfrutar, frutas. Y melocotones. Si he comenzado hablando de las altas temperaturas de este verano, pensarán que qué hago ahora mencionando  estas frutas. Comprendo su posible perplejidad; pero enseguida entenderán el porqué de esta asociación disparatada, aunque solo en apariencia. Gracias a estas pelotitas sonrojadas, me he embarcado en otro viaje: el interior.

melocotonSí, ya sé que para muchos no son las frutas más románticas. Sin embargo, siempre que vuelvo a los veranos de mi infancia, los recuerdo. También dicen que no tienen la belleza de las cerezas, con las que jugábamos a colgarlas de nuestras orejas. Tampoco poseen la fresca voluptuosidad de la sandía o de la fresa. Pero yo tengo grabado el impacto que me producía su olor, su tacto, su sabor. Esas bolitas de carne aterciopelada eran una de mis pequeñas gozadas en aquellos días. Asocio tantas cosas a ellos…, como, por ejemplo, cuando oía a mi tía decir: «¡Estos melocotones ya no saben como antes!». Curiosamente, ahora soy yo la que exclama al comerlos: «¡Ya no son los de entonces!». Y qué me cuentan de su sonido. Es una joya de ejemplo para comprobar la evolución fonética de un niño: ton, potón, cotón, potones, cotones, motones, mocotón, mocotones… Hasta llegar al ansiado «melocotón» y su plural, es toda una carrera de obstáculos que hay que ir superando uno a uno. Yo ahora entiendo por qué cuando pedía esta fruta se partían de risa los mayores. ¿Hay algo más tierno que escuchar a un pequeño pedir un potón o un mocotón? ¡Para comérselo!

Otro recuerdo de los veranos de mi niñez es un olor que se encontraba escondido en la esquina del jardín en el que solía jugar y yo me acercaba a aquella zona recoleta guiada por mi olfato atávico sin reconocer a su portador; después, identifiqué las florecillas que liberaban sus fragancias al aire; y, finalmente, aprendí su nombre: jazmín.El-jazmín-del-país-05

¿Y por qué cuento todo esto? La verdad es que no lo sé. Yo empecé hablando del verano, del calor, de las vacaciones, de los viajes… Y de problemas. Bueno, ahora, a saborear los días de libertad que nos da el verano. Por supuesto, a mandar también de vacaciones nuestras preocupaciones y ojo con ellas, porque con eso de que no necesitan espacio ni billete, en cuanto nos descuidemos las tendremos al lado. ¡Son unas ordinarias! Siempre igual, a ver si nos dejan escapar de la rutina y experimentar algo maravilloso y ¡extraordinario!

A disfrutar del presente como nunca, porque, afortunadamente, hoy como ayer, todavía podemos comer melocotones al mismo tiempo que nos envuelve un aura de jazmines.

¿Pero yo no hablaba de verano, calor, vacaciones, viajar, olvido…?

                                                                     ¡Feliz verano 2015!

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El largo camino de tus piernas

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10155965_906006766140471_7277930450329317698_nEl largo camino de tus piernas, de Elena Marqués, cuenta la relación tormentosa de una adolescente con un pintor más que maduro en el París de los artistas y de la bohemia de principios del s. XX. Desde luego, ustedes pensarán: «Nada nuevo bajo el sol», ya que no es la primera novela que nos muestra a una pareja tan dispareja en edad y una relación casi contra natura. Bien, cuando la lean estarán de acuerdo conmigo en que tampoco será la última.

Elena Marqués, desde el inicio, nos va dando pequeñas e innumerables pistas de lo que puede suceder. Nos crea la expectativa, in crescendo, del devenir de la historia. Cada término es como un clavo que nos sujeta a la página, ávidos de más y más. No es solo una novela erótica, que lo es. El largo camino de tus piernas es la historia de una huida y de una búsqueda de dos personas dispares en edad, en formación y en localización geográfica. Sin embargo, sus deseos más íntimos harán posible que la vida o el destino (¿o el fátum?) los una.

Ella, Alice, de una belleza diferente, huérfana de madre, fantasiosa, con baja autoestima, irreflexiva, que ha llenado su cabeza de historias improbables e inalcanzables leídas en novelas románticas, con anhelos de superación personal y social, huye de su pueblo para iniciar la búsqueda de aquello que la haga «vivir de verdad». Él, Philipe Satie, pintor fracasado, canalla, casi sesentón, de carácter inestable, con ansias de redimirse de sus fracasos, no necesita una huida física, pues vive en París, sino de sí mismo, y su particular búsqueda de la felicidad se cumple a través de sus interminables conquistas.

Huida y búsqueda, un hombre y una mujer (o niña), y un encuentro. El pintor está preparando una exposición y necesita una modelo, y Alice necesita un trabajo. Qué mejor regalo para ella, que no tiene formación, solo sueños, que convertirse en musa de un artista. Qué mejor regalo para él que moldear a una joven tan inocente que «se había sonrojado al escuchar la palabra “desnudos”», y en la que Satie sabe apreciar que «su cuerpo aún conserva la sugerente rigidez de la adolescencia, la insegura quietud de quien se sabe tan poco». Como experto depredador sexual enseguida aprecia no solo la belleza de la muchacha, sino también sus carencias. Y comenzará el ritual de la seducción, sin prisas, poco a poco, y con la ayuda del vino y del duermevela iniciará el asalto a la inocencia.

¿Y cómo nos lo cuenta Marqués? Igual: sin prisas. Poco a poco los irá desnudando, palabra a palabra, y nosotros, lectores, convertidos en ojos expectantes (¿y voyeurs?) o en finos oídos que escuchan a través de las diferentes voces, disfrutaremos tanto de su sensualidad como de la poesía que rezuma por toda la historia. Aunque no pocas veces le gritaríamos a Alice: ¡Huye!, no todo es sexo, o erotismo.

La capacidad de introspección de la autora es tan profunda y aguda que sus personajes, lejos de ser planos, se presentan con todas sus caras, sus contrastes, sus complejidades. Así conocemos que nuestro hombre, Philipe Satie, además de crápula, es capaz de sentir amor: «La niña le inspiraba sentimientos puros y desconocidos». La muchacha, apenas salida de la infancia, aun apareciendo inocente e ingenua, también muestra sus contradicciones desde el inicio. O su humanidad. «A pesar del miedo, la atracción hipnótica de aquel hombre (…), la mantuvo aún en la esquina del sillón». Los personajes son de carne y hueso, no arquetipos.

Pero ¿qué los une?, ¿qué los empuja a unirse?: la necesidad de convertirse en lo que no son. En él, su necesidad de redimirse como pintor: «Philipe la miró con satisfacción, la recorrió y la reinventó con su indómita sagacidad y sus vastos conocimientos de anatomía, la identificó como la nueva “Lisa Gherardini” de aquel renacimiento en que tenía ahora que concentrarse, con el que debía, por su bien, resurgir de sus cenizas». En ella, la necesidad de emociones fuertes que la saquen de la rutina, y sus ansias de brillo social. Quiere ser como esas mujeres parisinas, hermosas, elegantes y sofisticadas, con las que se cruza mientras pasea por la ribera del Sena, y, además, vive convencida de que cuando vuelva a su pueblo lo hará «convertida en una diosa, y que pasará a la posteridad». Cada uno cree que sus sueños se harán realidad gracias a su encuentro y relación con el otro. Y la gloria vendrá por añadidura.

Lo que comienza siendo una relación profesional acaba siéndolo de amantes. Su lecho lo convierten en su pequeña Arcadia, que los protege del mundo y de la vida: «(…) Y las miradas que precedían a las caricias, y los suspiros escondidos bajo la colcha y las sábanas de raso y al resguardo de la cortina negra que, en su caída trágica, los ocultaba del mundo y sus incontables imperfecciones». A pesar de esto, como todas las relaciones desequilibradas, se aman y se destruyen, vuelven a amarse y a destruirse, y así durante toda la relación. Iremos observando la evolución de Alice, cómo de dominada pasa a sentirse dominadora; y el dominador a dominado. ¿Y qué podemos esperar de una relación tempestuosa y brutal? ¿Qué podemos esperar de esa mezcla de sentimientos: amor, posesión, odio, celos y envidia? La tragedia. Ay, «esa cortina negra» que casi nos convierte en espectadores de un gran teatro griego. Y aunque Alice reconoce que «los fondos enfangados son siempre síntoma inequívoco de una incipiente tragedia», no es capaz de aplicarlo a su vida. Y eso que el río acechaba, serpenteando, la ventana de geranios y azaleas.

Llega el día de la inauguración de la exposición llamada «Los recovecos del alma» (título polisémico, irónico y premonitorio). Cuando parece, por fin, que los dos amantes van a conseguir su sueño, algo y alguien lo impedirá. Un final sorprendente dará al traste con todos sus anhelos: Philipe se hundirá más todavía; y Alice no podrá volver triunfante a su pueblo. Sentirá «abiertas las entrañas por una puñalada del destino». Retornará derrotada y comprobará que «el paisaje permanecía tal como lo dejó, confirmándole que nada cambia, que existe un destino para cada ser, trazado desde mucho antes de su nacimiento por una voluntad divina, feroz y autoritaria, y que el hombre es incapaz de torcerlo con sus actos aparentes de voluntad». ¿Nos querrá enseñar Marqués, sin decirlo, que la vida es para los fuertes, que solo aquel que tiene unos objetivos claros, sensatos y firmes, que va a por ellos sin distraerse en el camino de sus metas iniciales, puede conseguirlos y modificar su destino? ¿Podemos deducirlo? Creo que sí. Apuesto por ello.

Finalmente, solo me queda invitarlos a conocer esta pequeña gran obra —pequeña solo en extensión— llena de vida, donde cada uno cuenta su historia desde su perspectiva. Para ello, la autora hace un despliegue formidable de recursos: desde el tesoro léxico; las diferentes voces narrativas en que concede a cada uno el registro lingüístico que le corresponde; la poesía que salpica toda la novela; la agilidad y naturalidad del diálogo; y, cómo no, la sabiduría en la descripción y evolución de los carácteres. Es una novela de madurez, que demuestra un gran dominio. Tanto que controla el difícil arte de hacer parecer fácil lo difícil. Como los buenos maestros.

Unos disfrutarán con los amantes; otros, con los claroscuros del ser humano y sus peripecias; muchos, con su técnica o su poesía. Todos, con su lectura. Y la novela tiene muchas, como la vida misma.

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Código de registro: 1507174651889

Carmen Pita

elenaElena Marqués, licenciada en Filología Hispánica, trabaja como correctora de textos en el Parlamento de Andalucía. Desde 2010, año en que comenzó a escribir, ha obtenido varios galardones.

Elena Marqués ha publicado cuentos, microrrelatos y poemas en varias antologías; las novelas cortas El último discurso del General Santibáñez (Barcelona, Ediciones Oblicuas, 2012) y Versos perversos en la cubierta azul del Mato Grosso (Barcelona, Ediciones Oblicuas, 2014), y el libro de relatos La nave de los locos con Ediciones Irreverentes, sello en el que es la editora literaria de Historias de la imposición yanqui sobre Hispanoamérica y España. En la actualidad colabora en las revistas digitales: La oca loca, Aldaba y Canal Literatura.

Ficha técnica:

Título: El largo camino de tus piernas

Autora: Elena Marqués Núñez

Editorial: Tau Editores, Romántika

Año de publicación: 2015

Número de páginas: 143

Prólogo: Alejandro Lérida

Publicado en la revista:http://canal-literatura.com/blog/blog-literatura/el-largo-camino-de-tus-piernas-de-elena-marques-por-carmen-pita-garcia/

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La niña de sus ojos

                                                

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Nadie se explica cómo María pudo hacer aquello. También es verdad que en los pueblos pequeños, donde nunca pasa nada, no es extraña esa costumbre; incluso hasta dejan la puerta abierta. ¿Pero María? ¡Qué raro! Siempre que hablaba de su hija la llamaba «la niña de sus ojos», y como tal la cuidaba: con un celo casi obsesivo.

Dejó a Martita durmiendo antes de irse con toda la familia a las fiestas del Patrón. Su hija era una niña delicada y enfermiza que salía adelante gracias a los esmeros de su madre. Acababa de superar otra bronquitis, por lo que no era aconsejable sacarla más allá del mediodía, aunque fuera para ver al mismísimo Dios.

Entre todos, marido y demás familia, la convencimos de que necesitaba airearse y de que estaría de vuelta antes de que la niña despertara. Y la noche era tan tranquila, tan dulce, tan tentadora… que salió. No solo a ver al Santo, sino también, si se terciaba, a dar gusto a su hombre con algún pasodoble en la verbena.

El paso de San Andrés, portado a hombros por devotos lugareños, estaba frente a ella, y vio en los ojos del Apóstol una llamada, una advertencia, un aviso. María huyó como alma que persigue el diablo, y retornó al hogar. Yo salí tras ella.

Ha llegado, ya está en casa. Entra despavorida, sube las escaleras con la rapidez de un atleta, y antes de entrar en la habitación se detiene, respira hondo, intenta calmarse y se recompone. No debe asustar a su hija. Yo sigo detrás de ella, esperando, y, cuando veo que abre la puerta, también entro.

Corre enloquecida hacia la cama. La abre, levanta las sábanas, la colcha, la almohada. No está Marta. Grita, clama su nombre; parece una loba herida. Después, inopinadamente, cesa. «¿Y si está debajo de la cama?», parece pensar, y se agacha a examinar qué hay, pero tampoco la encuentra ahí.

María vuelve a mirar en derredor: todo está igual. Sobre la mesilla sigue, incólume, el libro de cuentos que le lee todas las noches; los zapatos en su sitio y las zapatillas también. Abre el armario y no echa nada en falta; observa el suelo y lo recorre esperando hallar una pista de los últimos momentos de su hija y no aparece vestigio alguno, hasta que llega a la puerta de doble hoja que da al balcón. Está entreabierta y el viento hace bailar, misteriosamente, las blancas cortinas. Allí localiza su peluche preferido. María se desasosiega. Juraría que lo dejó a su ladito, en la cama, como todas las noches. Arrobada por el olor a Martita, lo coge, lo abraza, lo estrecha contra su pecho. La invade un pálpito que le dice que corra las cortinas, que abra las puertas, que salga a la terraza, que… Y lo hace. Y yo tras ella.

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Se apoya en la barandilla, se asoma. No puedo ver lo que está contemplando. Solo oigo salir de sus entrañas un quejido que recorre, como un rayo fúnebre, todo el pueblo; y su eco salta de casa en casa, colgando una guirnalda de ayes en cada ventana, en cada balcón. Siento que debo ir: me necesita. La abrazo, observo su cara, sus ojos, sus pupilas, azabaches convertidos en el espejo del horror, en el reflejo de una muñeca rota, de Martita, su pequeña: «la niña de sus ojos».

Finalista en CONCURSO DE RELATO BREVE – CASA DEL LIBRO Y EDICIONES TAGUS 2015

http://canal-literatura.com/blog/sin-categoria/la-nina-de-mis-ojos/

 

La niña de sus ojos (c) Carmen Pitacopyright